21.5.07

Nocturno de San Ildefonso

Octavio Paz

1

Inventa la noche en mi ventana
otra noche,
otro espacio:
fiesta convulsa
en un metro cuadrado de negrura.
Momentáneas
confederaciones de fuego,
nómadas geometrías,
números errantes.
Del amarillo al verde rojo
se desovilla la espiral.
Ventana:
lámina imantada de llamadas y respuestas,
caligrafía de alto voltaje,
mentido cielo/infierno de la industria
sobre la piel cambiante del
instante.

Signos-semillas:
la noche los dispara,
suben,
estallan allá arriba,
se precipitan,
ya quemados,
en un cono de
sombra,
reaparecen,
lumbres divagantes,
racimos de sílabas,
incendios giratorios,
se dispersan,
otra vez añicos.
La ciudad
los inventa y los anula.

Estoy a la entrada de un túnel.
Estas
frases perforan el tiempo.
Tal vez yo soy ese que espera al final del túnel.
Hablo con los ojos cerrados.
Alguien
ha plantado en mis párpados
un bosque de agujas magnéticas,
alguien
guía la hilera de estas
palabras.
La página
se ha vuelto un hormiguero.
El vacío
se
estableció en la boca de mi estómago.
Caigo
interminablemente sobre ese
vacío.
Caigo sin caer.
Tengo las manos frías,
los pies fríos
-pero los alfabetos arden, arden.
El espacio
se hace y se deshace.
La noche insiste,
la noche palpa mi frente,
palpa mis pensamientos.
¿Qué quiere?


2

Calles vacías, luces tuertas.
En una
esquina,
el espectro de un perro.
Busca, en la basura,
un hueso
fantasma.
Gallera alborotada:
patio de vecindad y su mitote.
México,
hacia 1931.
Gorriones callejeros,
una bandada de niños
con los
periódicos que no vendieron
hace un nido.
Los faroles inventan,
en
la soledumbre,
charcos irreales de luz amarillenta.
Apariciones,
el
tiempo se abre:
un taconeo lúgubre, lascivo:
bajo un cielo de hollín
la llamarada de una falda.
C’est la mort – ou la morte…
El viento
indiferente
arranca en las paredes anuncios lacerados.

A esta hora
los muros rojos de San Ildefonoso
son negros y respiran:
sol hecho
tiempo,
tiempo hecho piedra,
piedra hecha cuerpo.
Estas calles
fueron canales.
Al sol,
las casas eran plata:
ciudad de cal y canto,
luna caída en el lago.
Los criollos levantaron,
sobre el canal
cegado y el ídolo enterrado,
otra ciudad
-no blanca: rosa y oro-
idea vuelta espacio, número tangible.
La asentaron
en el cruce de
las ocho direcciones,
sus puertas
a lo invisible abiertas:
el cielo
y el infierno.

Barrio dormido.
Andamos por galerías de ecos,
entre imágenes rotas:
nuestra historia.
Callada nación de las
piedras.
Iglesias,
vegetación de cúpulas,
sus fachadas
petrificados jardines de símbolos.
Embarrancados
en la proliferación
rencorosa de casas enanas,
palacios humillados,
fuentes sin agua,
afrentados frontispicios.
Cúmulos,
madréporas insubstanciales:
se acumulan
sobre las graves moles,
vencidas
no por la
pesadumbre de los años,
por el oprobio del presente.


Plaza del
Zócalo,
vasta como firmamento:
espacio diáfano,
frontón de ecos.
Allí inventamos,
entre Aliocha K. y Julian S.,
sinos de relámpago
cara al siglo y sus camarillas.
Nos arrastra
el viento del
pensamiento,
el viento verbal,
el viento que juega con espejos,
señor de reflejos,
constructor de ciudades de aire,
geometrías
suspendidas del hilo de la razón.


Gusanos gigantes:
amarillos tranvías apagados.
Eses y zetas:
un auto loco, insecto de
ojos malignos.
Ideas,
frutos al alcance de la mano.
Frutos: astros.
Arden.
Arde, árbol de pólvora,
el diálogo adolescente,
súbito
armazón chamuscado.
12 veces
golpea el puño de bronce de las torres.
La noche
estalla en pedazos,
los junta luego y a sí misma,
intacta, se une.
Nos dispersamos,
no allá en la plaza con sus trenes
quemados,
aquí,
sobre esta página: letras petrificadas.



3

El muchacho que camina por este poema,
entre San
Ildefonso y el Zócalo,
es el hombre que lo escribe:
esta página
también es una caminata nocturna.
Aquí encarnan
los espectros
amigos,
las ideas se disipan.

El bien, quisimos el bien:
enderezar al mundo.
No nos faltó entereza:
nos faltó humildad.
Lo que quisimos no lo quisimos con inocencia.
Preceptos y conceptos,
soberbia de teólogos:
golpear con la cruz,
fundar con sangre,
levantar la casa con ladrillos de crimen,
decretar la comunión
obligatoria.
Algunos
se convirtieron en secretarios de los secretarios
del Secretario General del Infierno.
La rabia
se volvió filosofía,
su baba ha cubierto al planeta.
La razón descendió a la tierra,
tomó
la forma del patíbulo
- y la adoran millones.
Enredo circular:
todos
hemos sido,
en el Gran Teatro del Inmundo;
jueces, verdugos, víctimas,
testigos,
todos
hemos levantado falso testimonio
contra los otros
y contra nosotros mismos.
Y los más vil: fuimos
el público que
aplaude o bosteza en su butaca.
La culpa que no se sabe culpa,
la
inocencia,
fue la culpa mayor.
Cada año fue monte de huesos.

Conversiones, retractaciones, excomuniones,
reconciliaciones,
apostasías, abjuraciones,
zig-zag de las demonolatrías y las androlatrías,
los embrujamientos y las desviaciones:
mi historia,
¿son las
historias de un error?
La historia es el error.
La verdad es aquello,
más allá de las fechas,
más acá de los nombres,
que la historia
desdeña:
el cada día
- latido anónimo de todos,
latido
único de
cada uno-,
el irrepetible
cada día idéntico a todos los días.
La
verdad
es el fondo del tiempo sin historia.
El peso
del instante que
no pesa:
unas piedras con sol,
vistas hace ya mucho y que hoy regresan,
piedras de tiempo que son también de piedra
bajo este sol de tiempo,
sol que viene de un día sin fecha,
sol
que ilumina estas palabras,
sol de palabras
que se apaga al nombrarlas.
Arden y se apagan
soles, palabras, piedras:
el instante los quema
sin quemarse.
Oculto, inmóvil, intocable,
el presente – no sus presencias- está
siempre.

Entre el hacer y el ver,
acción o contemplación,
escogí
el acto de palabras:
hacerlas, habitarlas,
dar ojos al lenguaje.
La
poesía no es la verdad:
es la resurrección de las presencias,
la
historia
transfigurada en la verdad del tiempo no fechado.
La poesía,
como la historia, se hace;
la poesía,
como la verdad, se ve.
La
poesía:
encarnación
del sol-sobre-las-piedras en un nombre,
disolución
del nombre en un más allá de las piedras.

La poesía,
puente colgante entre historia y verdad,
no es camino hacia esto o
aquello:
es ver
la quietud en el movimiento,
el tránsito
en la
quietud.
La historia es el camino:
no va a ninguna parte,
todos lo
caminamos,
la verdad es caminarlo.
No vamos ni venimos:
estamos en
las manos del tiempo.
La verdad:
sabernos,
desde el origen,
suspendidos.
Fraternidad sobre el vacío.


4


Las
ideas se disipan,
quedan los espectros:
verdad de lo vivido y padecido.
Queda un sabor casi vacío:
el tiempo
-furor compartido-
el
tiempo
- olvido compartido-
al fin transfigurado
en la memoria y sus
encarnaciones.
Queda
el tiempo hecho cuerpo repartido: lenguaje.
En
la ventana,
simulacro guerrero,
se enciende y se apaga
el cielo
comercial de los anuncios.
Atrás,
apenas visibles,
las
constelaciones verdaderas.
Aparece,
entre tinacos, antenas, azoteas,
columna líquida,
más mental que corpórea,
cascada de silencio:
la luna.
Ni fantasma ni idea:
fue diosa y es hoy claridad errante.

Mi mujer está dormida.
También es luna,
claridad que transcurre
- no entre escollos de nubes,
entre las peñas y las penas de los sueños:
también es alma.
Fluye bajo sus ojos cerrados,
desde su frente se
despeña,
torrente silencioso,
hasta sus pies,
en sí misma se
desploma
y de sí misma brota,
sus latidos la esculpen,
se inventa al
recorrerse,
se copia al inventarse,
entre las islas de sus pechos
es
un brazo de mar,
su vientre es la laguna
donde se desvanecen
la
sombra y sus vegetaciones,
fluye por su talle,
sube,
desciende,
en sí misma se esparce,
se ata
a su fluir,
se dispersa en su
forma:
también es cuerpo.
La verdad
es el oleaje de una respiración
y las visiones que miran unos ojos cerrados:
palpable misterio de la
persona.

La noche está a punto de desbordarse.
Clarea.
El
horizonte se ha vuelto acuático.
Despeñarse
desde la altura de esta
hora:
¿morir
será caer o subir,
una sensación o una cesación?
Cierro los ojos,
oigo mi cráneo
los pasos de mi sangre,
oigo
pasar el tiempo por mis sienes.
Todavía estoy vivo.
El cuarto se ha
enarenado de luna.
Mujer:
fuente en la noche.
Yo me fío a su fluir
sosegado.

1 comentario:

El Miniaturista dijo...

Gracias por albergar este poema de Paz.